
El pasado domingo 15 de marzo asistimos en toda España a manifestaciones multitudinarias que reclamaban una oportunidad para los jóvenes de este país. Al día siguiente los medios de comunicación ya empezaban a poner nombres a este movimiento, surgido en Internet y las redes sociales, movimiento de los indignados, del 15M o de democracia real.
Sin duda, hay motivos más que de sobra para expresar esta indignación, nadie puede estar satisfecho con el momento que atravesamos. Y es responsabilidad de los dirigentes escuchar a los ciudadanos y dar respuesta a una preocupación creciente.
Sin embargo, hay que reflexionar sobre la siguiente cuestión ¿Por qué los manifestantes lanzan un ataque directo contra toda la clase política?, es más ¿Por qué se rechaza la política?.
Yo creo que no están rechazando la política, ya que ellos mismos, algunos sin saberlo, están haciendo política, basta con leer el manifiesto de democracia real para comprobar su enorme calado político. Lo que se rechaza es la forma actual de hacer política y la propia estructura de poder de nuestro país, se rechaza lo que ellos llaman “dictadura partitocrática”.
Estoy convencido de que todas las personas que acudieron a la manifestación del domingo, y permanecen en la Puerta del Sol o en las setas de la Plaza de la Encarnación, son gente con conciencia social, que quieren cambiar el mundo que les rodea, gente que se tiene que ganar la vida día a día con su trabajo y a la que nadie nunca le ha regalado nada, son, en definitiva, gentes de izquierdas.
Todas esas personas están reclamando una participación efectiva en la vida pública, para poder así aportar soluciones a los problemas que nos acucian.
Probablemente tengamos que reconocer que estas personas no han tenido cauce de participación adecuado en las actuales estructuras de los partidos políticos. Bien porque no lo han intentado, bien porque habiéndolo intentando se ha frustrado, o bien porque no se les ha abierto las puertas con convicción.
Estoy convencido que los partidos de izquierda tienen que abrir las puertas con convicción a todo este movimiento, aún sabiendo que resulta enormemente complejo, sobre todo atendiendo a que las estructuras profesionalizadas de los partidos tienden a conservar el status quo.
Hay que acercar y tender puentes desde los partidos de izquierda hacia toda esa gente que está en la calle manifestándose, hay que acercar a toda esa gente a la participación política. Porque si no se hacen los cambios desde dentro, se corre el riesgo de que el sistema se desborde y se conduzca la indignación hacia el populismo.
La gran barrera que impide una participación real es la profesionalización de la política.
Por ello los cambios deben venir por el camino de facilitar la participación efectiva de cada vez más ciudadanos en la vida interna de los partidos de izquierda. Necesitamos que cada vez haya más personas dedicadas a la política, sin que por ello tengan que renunciar a su propio trabajo o profesión.
Para ello es imprescindible cambiar las formas de organización y de toma de decisiones de los partidos, con un catálogo de medidas que están en la cabeza de todos y que permitirían ensanchar la base social y la representatividad de los propios partidos.
Porque los cambios que demanda la sociedad deben ser articulados a través de los partidos políticos.
Ya que un movimiento, por sí sólo, si no cuenta con el apoyo de estructuras representativas no puede articular o canalizar los cambios. De ahí que los movimientos se expresen a través de manifiestos, y los partidos políticos se expresen a través de programas legislativos o de gobierno.
Por tanto, transitar desde la Puerta del Sol a la Plaza Tahrir hace falta un contrato social, un pacto de ciudadanía, que también podemos llamar programa. Sólo es posible andar este camino si este movimiento se articula políticamente, y si alguien recoge el guante que se está lanzando por parte, principalmente, de los jóvenes de este país.
